Miércoles, doce del mediodía; bonita hora para salir a dar un paseo, tomar algo o simplemente quedar con amigos para escapar de la rutina casera creada durante todo el año. Suspiro y miro la pared, el gotéele crea figuras deformes que decoran estas cuatro paredes; a veces, consiguen tomar formas, sin llegar a ser exactas, realistas, veo un perro, una figura femenina…mamá.
Subo el volumen de la música con tan solo presionar un botón, me centro en la letra, en la melodía, cualquier matiz que me impida pensar o recordar, pero me engaño a mí mismo, por muy alta que esté, las voces en mi cabeza no cesan y aparece de nuevo, desde lo más profundo de mis recuerdos, la imagen de papá gritándola, alzando la mano de manera amenazante y fría, y a ella intentando defenderse, mirándome de forma tranquilizante, cómo haría cualquier madre con su hijo pequeño, rogándome que volviese al cuarto y escuchase música…música, la misma que envuelve en estos momentos esta estancia limitada por cuatro paredes, la misma canción que me obligaba a ignorar los gritos procedentes del salón.
En esa época comencé a engañarme, jugaba a ser un niño feliz, y miraba por la ventana fijamente al horizonte, deseando la libertad, salir de la jaula; cogía los juguetes y me imaginaba una historia y canturreaba intentando alejar las lágrimas de mis ojos, como hago ahora mismo…pero no puedo permitirme llorar, ahora no, papá me decía que los hombres de verdad no lloraban, que solo lo hacían los débiles y no me haría triunfar, así que comencé a cantar: “Forever young, i wanna be forever young”, siempre joven, sí..mi sonrisa y esperanzas lo dicen todo, algún día podré permitírmelo.



