jueves, 26 de enero de 2012

Trabajo concurso.


Sábado por la noche. La tenue pero vivaz luz de la luna hizo que la misma se coronase por momentos como la perla más brillante y lujosa de todo el cielo; suave, delicada y lujosa, dejando que su luz se filtrase descaradamente por la ventana de mi cuarto, creando sombras por toda la habitación.
Observé en silencio todo ese magnifico espectáculo de figuras imposibles e inexistentes que adornaban por momentos la instancia. Relacioné sus formas con lo ya visto, pues mi imaginación no estaba precisamente en sus mejores momentos.
 Llevaba varios días con la mente averiada, sobrecargada de recuerdos; los recuerdos que me hundían en un mar de lagrimas día a día; los recuerdos que me hacían encerrarme en mi pasado, de lo que, al parecer, no había conseguido escapar aun.
Mire mi reflejo en el espejo del fondo de la habitación, lo que vi fue un muchacho joven y delgaducho, pálido, en el que, si observabas bajo sus cabellos oscuros con atención, te darías cuenta que, tras sus grandes ojos azules grisáceos se ocultaban años de silencio, años de miedo y dolor, un niño perdido, un bastardo.
“Niño”, la verdad es que sigo sin saber si alguna vez lo fui. A veces uno debe crecer rápido a raíz de lo que ve o lo que le pasa y realmente nadie llega a ser realmente feliz del todo, eso me hacía relajarme y pensar que tal vez el no haber podido disfrutar de mis años de niñez no era tan malo. A veces es necesario engañarse a uno mismo para poder seguir adelante con los problemas aunque, a medida que pasa el tiempo, pesen más y más y acabes por deslizarte cuesta abajo con ellos.
Volví mi vista a las sombras, a veces se movían recelosas sobre la colcha de mi cama, incitándome a averiguar si ocultaban algo, y yo, como el niño curioso que siempre quise ser, me adentre en sus formas.
Las curvas que formaban me recordaron al cabello rizado de mamá, a las cortas tardes que pasábamos tumbados en el césped del jardín, contando historias y riendo como una familia. Emily y ella por aquel entonces desprendían alegría e inocencia, o al menos eso me parecía a mi.
Todo era una función, las risas, los juegos, la tranquilidad… realmente no supe nada de lo que pasaba hasta el 12 de mayo del 97, cuando papá llegó muy borracho a casa y comenzó a gritar a mamá. Me acuerdo que bajé de un salto de la cama y saque un poco la cabeza por la puerta de mi habitación.
Por aquel entonces yo tenía solo seis años y no entendí la mayoría de las palabras que usaba para nombrarla a ella y a lo que hacía.
Gritaba sin parar mientras ella intentaba tranquilizarle, diciéndole que parase, que estaba borracho y no nos despertase, suplicándole a punto de comenzar a sollozar. Entonces fue cuando ocurrió, cuando papá le propino ese tortazo que la tiró al suelo.
Mi corazón se paralizó a la vez que la casa parecía vibrar con el golpe. Comencé a llorar sin saber por qué y me quede quieto, asustado, tiritando y con los pantalones empapados; procurando no hacer ruido, creo que hasta deje de respirar, como si fuese un muñeco de porcelana colocado a la misma puerta.
Fue entonces cuando mi hermana salió corriendo de su habitación y se abalanzó sobre mi padre, intentando tirarle al suelo y pegarle; pero él le agarró de las muñecas con tanta fuerza que Emily empezó a chillar, pero sin cesar en su intento de herirle. Sus piernas intentaban acercarse a él con movimientos violentos e inútiles.
En ese momento mamá se levantó del suelo con el labio ensangrentado y rogándole que la soltase, que no lo pagase con ella, que no había hecho nada.
Pasaron varios segundos antes de que mi hermana fuese liberada y apartada a empujones de aquella escena en la que se avecinaba lo peor, porque tras minutos rellenados brutalmente con insultos y llanto, mamá intentó tirarle a la butaca para poder relajarse y yo, instintivamente salí corriendo al salón intentando separarles, sin tener efecto alguno.
Recuerdo…recuerdo como ella nos pedía que volviésemos a la habitación y que todo estaba bien, que no deberíamos estar ahí en esos momentos, eran cosas de mayores y nosotros no teníamos nada que ver en ellas; entonces Emily me cogió en brazos y me llevó de vuelta a la habitación, intentando calmarme. Me limpió las lágrimas y me cambió de ropa mientras tarareaba para censurar el ruido exterior.
Ella sabía muy bien que todo nuestro mundo se estaba derrumbando ante nuestros ojos esa misma noche y encendió la radio, se tumbó a mi lado en la cama y me acarició la mejilla tratando de hacerme dormir, pero yo no podía, yo…solo quería centrarme en esa canción, en su letra y melodía.
Un fuerte grito seguido de un gran golpe procedente del salón dio la entrada al estribillo. Mi hermana me abrazó fuerte, tanto que sus lagrimas comenzaron a atravesar las mangas de mi pijama y sentí frío a pesar de ser verano, entonces la puerta de la calle se cerró y, al finalizar la canción toda la casa se sumió en el silencio, la luna se ocultó bajo las nubes y todo el cielo se vistió de luto.

Recuerdo…recuerdo…nada, porque odio recordar.
Las sombras desaparecieron instantáneamente, quizás solo eran malos pensamientos pasados que han querido ocupar sin previo aviso mi cabeza solo por capricho.
Estaba llorando, pero no me avergonzaba por ello, tampoco estaba triste, solo que la inseguridad me invadió el cuerpo y la impotencia fue directa a mis ojos. Me estaba desahogando, como hacia cada noche desde hace ya quince años.
Puse el volumen de los altavoces al máximo y comencé a escuchar la canción que me tenía en pie siempre que oscurecía, pues tenía miedo a la soledad, a lo oscuro y a las emociones.
Nadie es realmente feliz, nadie…solo los niños pueden llegar a serlo, pues sonríen continuamente y nada les importa, la juventud debía ser preciosa, me encantaría haber podido experimentar su dulce sabor. Si el cielo existe, todos los residentes deberían rejuvenecer hasta desaprender todo y olvidar las preocupaciones.
Cogí el teléfono y marque temblando un numero, me llevé este mismo con dificultad hasta la boca y tras los molestos pitidos una dulce voz femenina contestó con dulzura pronunciando mi nombre.
-¿Alex? ¿Alex eres tú?
Me hubiese gustado responder que sí, que yo era ese tal Alex y haber entablado una conversación, pero de mi boca no salía nada, quizás las palabras se habían quedado atrapadas en el corazón y no querían salir por miedo a desgarrarle o quedar atrapadas en la garganta.
Colgué rápido y suspiré, me aparté el pelo de la cara y di varios pasos hasta alcanzar la ventana, mirando fijamente a la luna, hipnotizado con su hermosura.
El estribillo de la canción invadió la habitación –“forever young, i wanna be forever young”- sonreí, se podía decir que espontáneamente y me reí limpiando las lagrimas de mis mejillas.
Siempre joven, poco a poco me acercaba más a mi objetivo, el niño de mi interior me está dando pautas y yo estoy siendo obediente.
Volví a llamar.
-¿Alex? ¿Qué ha pasado?
Su voz sonaba preocupada, pero seguía siendo dulce y tranquilizadora.
-Emily…perdón, perdí la cobertura. Te hecho de menos, ¿podrías venir a verme?
Esperé nervioso la respuesta, llevábamos mucho sin hablar y no sabía como reaccionaría.
-¿Ir a verte? Por supuesto, ahora mismo. Hasta ahora, te quiero.
Volví a sonreír, esta vez de verdad, de felicidad.
¿Se puede ser realmente feliz a estas alturas? No lo sé. Estribillo de nuevo y esas palabras retumbando en mi cabeza…siempre joven, siempre joven… algún día podré permitírmelo.

martes, 10 de enero de 2012

Historia para un trabajo de clase (sin titulo ni final)



19 de marzo de 1939 en el norte de Italia.

El sol se ocultaba bajo las montañas, pintando olas de color en el cielo, como acuarelas que se mezclan entre ellas formando nuevos tonos. Del rojo más intenso, pasando por el naranja, el rosa, azul claro…hasta encontrarse con un cielo oscuro y frío donde, por la claridad de aquella noche, hasta la estrella más pequeña y lejana del cielo logró abrirse paso para ser vista, formando junto con sus hermanas un puzzle, un misterio.

El reloj no marcaba más de las diez en aquella pequeña sala del viejo hospital, donde un joven se movía de forma nerviosa de un lado a otro, con paso rápido y tembloroso. De su mano izquierda pendía un cigarrillo medio consumido, y su rostro mostraba unas ojeras cansadas, tan marcadas que hasta la media luna creciente, que se mostraba orgullosa aquella noche, mostró celos hacia ellas.

En la calle, el comienzo de la guerra se percibía en el ambiente y un gran temor rompía la tranquilidad cotidiana.
Ya se habían extendido rumores acerca del estallido de una guerra y sobre la posible unión de Italia en la misma.

Paolo, que así se llamaba este joven de cabellos negros y finos y ojos verdes, seguía dando vueltas sin sentido por la sala; el silencio era inmenso y salvo el ruido del repiqueteo de algunas camillas arrastrándose por el suelo de las plantas superiores habría pensado que estaba muerto.
Apagó el cigarrillo sobre la montaña de nicotina que yacía en el cenicero y encendió otro.

Tic tac, tic tac… las manillas del reloj se movían de forma pausada y recelosa ante la noche, vergonzosas, como si quisiesen paralizarse unas horas antes del comienzo de la primavera. Quizás las horas, minutos y segundos se habían enamorado del invierno y no querían despedirse tan rápido, quizás también fuese más lento porque aprovecharon la noche para verse por última vez.

Paolo ignoraba el reloj, cada vez que miraba no habían pasado cinco minutos de la vez anterior, así que decidió centrarse en sus manos temblorosas.
Un hilo de sudor comenzó a caer por su frente, llevaba ya ocho horas en la misma sala, el mismo silencio, el mismo ambiente, pero distinto cigarrillo.

Se sentó con cuidado en uno de los sillones que había, junto a la única ventana que adornaba las monótonas paredes blancas.
El viento se había tomado esa noche de descanso, pero eso no impidió que un ligero olor a tierra se filtrase por una grieta  del cristal, haciendo que Paolo respirase profundamente, pero de forma disimulada.

Tras estar un tiempo relajado, miró la hora, eran casi las doce. Suspiró agotado y volvió con su paseo en círculos. Intento pensar algo, pero dudó ante el posible obedecimiento de su cerebro.

Se paró bruscamente en medio de la habitación, como congelado. El reloj de la plaza avisó con campanadas de la llegada de la medianoche y con ellas el tan esperado llanto de un bebé.

Una enfermera canosa, vieja y robusta, con unas  espaldas que abarcaban lo mismo que un armario empotrado y cuya cara estaba plagada de una gran familia de arrugas, entro en la sala de espera y le dio una fuerte palmadita en el hombro. Paolo se estremeció y vio como esa mujer, si podía ser llamada así, de casi un metro ochenta de estatura le mostraba su descolocada dentadura intentando imitar una sonrisa.

-Ya pasó todo- dijo con voz masculina, pero en tono tranquilizador- pero está muy débil, no intentes despertarla.

La enfermera emprendió el camino de vuelta a la otra sala, seguida por el joven. En silencio, con pausa.

-¿Estás preparado?- Paolo trago saliva, asintiendo nervioso.- Aquí está- Se giró y recogió de una pequeña cuna a un bebé envuelto en varias sabanas, que dejó sobre sus brazos con cuidado.

El joven se enamoró de la criaturita al instante, quedándose asombrado. No podía comprender como podía existir algo tan bello y dulce en una persona tan pequeñita.

La piel del bebé era blanca como la porcelana y muy suave, nada la había dañado aun. Era lo más puro que se hubiese llegado a imaginar jamás.

La enfermera volvió a sonreír y le guió hasta una camilla al fondo de la habitación.
Paolo la siguió asustado, casi temblando, aun con la niña en brazos. A medida que se acercaba a la camilla olvidaba el lúgubre aspecto de la sala, centrándose solo en la figura que yacía sobre ella.
El bebé fue retirado de sus brazos y llevado de nuevo a la cuna, mientras que Paolo, al no tener el calor que desprendía este mismo, sintió un escalofrío por todo su cuerpo.

Una mujer de cabellos pelirrojos, tan oscuros que parecían castaños, tenía un aspecto frágil y enfermo. La sabana apenas la tapaba hasta debajo del pecho, dejaba a la vista sus pálidos brazos y, aunque sus finos labios estuviesen amoratados, al joven le siguió pareciendo la mujer más bella que hubiese existido jamás en el mundo.
Se acercó a ella y notó que respiraba con dificultad y que aun tenía la tripa abultada tras el reciente parto.
Cogió su mano con delicadeza, estaba fría, como si la muerte estuviese invadiendo su cuerpo quitándola la vida.
Tragó saliva y se sentó en una silla que se encontraba al lado de la cama, sin soltarla, y apoyó la cabeza sobre la el borde del colchón.

Intentó retener las lágrimas apretando con fuerza los ojos, pero no puedo impedir que sus pestañas fueran bañadas con algunas gotas de impotencia y rabia.

Sabía que no pasaría de esa noche, y lo que menos quería era desperdiciar esas últimas horas llorando o durmiendo a su lado; pensó que no era lo suficiente bueno para ella y le invadió el dolor más intenso que hubo experimentado jamás. Pensó en irse en ese mismo momento, dejarlo todo como un cobarde… como el cobarde que temía ser reclutado por parte del ejército si Italia se veía obligada a participar en la guerra.

De repente el cielo se vio cubierto por una masa de nubes grises que comenzaron a descargar agua sobre el pequeño pueblo, al son que Paolo perdía el control sobre su cuerpo y comenzaba a sollozar sin importarle quien mirase. Quizás las nubes eran la manifestación emocional de la primavera, que se entristecía porque esa misma noche iba a perder a la flor más hermosa de su jardín celestial.

















Italia. 20 de diciembre de 1953.

El sol comenzaba a alzarse tras las colinas situadas al este del monasterio, filtrándose por los ventanales y mosaicos, invadiendo sus habitaciones, pasillos, salas y capilla.
Una de las monjas más viejas, encargada de las huérfanas, comenzó a ir habitación por habitación, arrastrando su hábito por el suelo rocoso, tocando una campanita bastante sonora.

-Venga niñas, despertad.- decía con una voz desagradable y chillona- Dios no puede esperar solo porque seáis unas gandulas dormilonas.

Un montón de quejas y bostezos invadieron la habitación, junto con el movimiento rápido de unas treinta niñas, que cambiaban sus camisones blancos por largos vestidos hasta los pies y recogían su pelo en desechas trenzas para poder ir al comedor a desayunar.

-Cállense… ¡Cállense irrespetuosas!- la vieja monja chillo por el pasillo, sin conseguir nada, pues las muchachas continuaban riéndose y hablando escandalosamente.- Ay… ¡Ojala algún día aprendan a respetar mi señor!

Eran todas de entre cuatro y dieciséis años, pues los bebes se encontraban en otra de las habitaciones del gigantesco y viejo convento.
Como quedaba poco para la navidad, las paredes estaban adornadas con algunos murales dibujados y adornos, pero sin excederse.

Tras las pesadas oraciones que realizaban al despertar, todas las residentes del monasterio, procedían a desayunar.

En el comedor, la madre superiora, las monjas y las jóvenes novicias presidían la mesa principal, y las niñas las dos restantes.
Varias jarras de leche, botes de cacao, pan y alguna que otra galleta ocupaban el espacio sobre estas, a modo de desayuno.
Ambas, tanto monjas como huérfanas, engullían estos alimentos como si fuese lo último que comerían en su vida.
Aunque hubiesen pasado ya catorce años, los estragos de la guerra seguían afectando y la comida era una de las cientos de cosas que escaseaban en esos tiempos en el país.

-Eli, apuesto a que no eres capaz de robarle las llaves a la monja gorda que patrulla la entrada- dijo atrevida una muchacha castaña de unos quince años.

-No me tientes Gin, ambas sabemos que sería capaz de cualquier cosa- contestó divertida la muchacha pelirroja- y más si ello me lleva fuera de aquí…

Ginebra la miró entristecida, y tras dar un sorbo a la leche, sonrió, intentando animarla.

-Eh, te prometo que si consigues las llaves nos fugaremos juntas lejos, muy, muy lejos, tendremos una casa, conoceremos a hombres, nos enamoraremos perdidamente de ellos, nos casaremos y ¡tendremos una hermosa familia! –sus ojos se llenaron de ilusión mientras pestañeaba repetidas veces.

Elisabeth se rió y alzo una ceja indiferente.

-¿Quién te ha dicho a ti que si salgo de aquí mi primer objetivo es encontrar a un hombre?

-No sé… pero…
-Pero nada Ginebra, me he cuidado sola durante catorce años y con lo que me ha costado… ¡Cómo para cuidar de alguien más!

Ambas muchachas rieron ilusas y continuaron con su desayuno.





















Italia. 25 de diciembre de 1953.

Los cánticos de las niñas hacían del monasterio un lugar menos lúgubre y serio, era navidad y todo eran risas y juegos, excepto en la ultima fila de camas del dormitorio de las huérfanas.

-¿Podemos ir con los demás? No es por ser pesada, pero para un día que podemos sonreír sin que nos miren mal por ello…

La joven pelirroja, sin apartar la vista de la ventana, contestó a su amiga con seriedad.

-Solo porque hoy pueda sonreír no voy a hacerlo obligadamente, no seria felicidad autentica, y no me gusta mentir si no es por necesidad.

Gin asintió y salió del dormitorio en silencio, sabia que su amiga quería estar sola puesto que hace 13 años, en esa misma fecha, su padre fue enviado a la guerra y ella jamás le volvió a ver.














Italia. 3 de enero de 1953.

Elisabeth jugaba con varios mechones de su pelo sonriente, divertida, sin preocuparse demasiado porque la falda la llegase a la altura de las rodillas en esos momentos, dejando ver sus largos calcetines y las viejas botas de nieve; no temía ser castigada y tampoco a los ratones, pero si a la soledad, algo inusual si tenemos en cuenta que en ese momento estaba tumbada en el césped nevado de uno de los jardines del monasterio sin nadie alrededor, mirando el cielo sin ningún motivo. A ratos, los rayos de sol conseguían abrirse paso entre las nubes, formando puentes de seda que conectaban el cielo con la tierra.

Siempre se había preguntado que habría más allá de lo que vemos, de lo que sentimos… más allá de las fronteras inventadas por el hombre y su afán por el orden y el poder.

-Maldita guerra… ansia de querer tenerlo todo y dejar a los demás sin nada. Si la guerra no hubiese estallado, papá jamás hubiese tenido que ir, y seguiría aquí – pensó – ni siquiera sé si murió o solo desapareció… no se nada, nadie jamás me dijo nada.

El labio inferior de la joven comenzó a temblar y no solo de frío, un halo de impotencia y recuerdos vacíos hizo que su corazón se paralizase a ratos. Se levantó inmediatamente y fue corriendo hacia los baños a llorar.

-Ojala no haya nadie- pensó nerviosa, por primera vez intento hacer amistades con su gran temor ya que, seguramente, viviría siempre atada a él.


































Italia. 27 de Enero de 1953.

Ya llevaba dos días que no nevaba y las tardes se hacían cada vez más largas, pero la rutina diaria era agotadora.
Llegada la noche, cuando todas las monjas y niñas dormían, Eli se mantenía despierta. Tras la última revisión nocturna, allá por la medianoche, la muchacha dio un silencioso salto desde su cama y se movió ágil hasta la de su compañera, dando unas palmaditas en la mejilla de esta, la cual, se despertó asustada, y sin decir nada salió de la cama siguiendo a su compañera hacia el pasillo principal.

-¿Dónde vamos?- susurro Gin sin recibir respuesta- ¿Hola? ¿Elisabeth?

-¡Tssssssss!- Eli señaló el final del pasillo donde estaba la monja ama de llaves- tú entretenla.

-Pero Eli, ¿Qué hago?- no la dio tiempo a responder más, dado que su amiga había tirado uno de los crucifijos del pasillo, haciendo un ruido espantoso y había salido corriendo a esconderse tras una columna- Maldita…

Sor. Esteban, la ama de llaves, se movió con dificultad y refunfuñando hacia Gin que se quedo petrificada en el sitio sin saber que hacer.

Cuando ya hubo pasado la monja, Eli se acercó corriendo a la salita en la que había aguardado la monja, retirando uno de los manojos de llaves y guardándolo bajo su camisón. En silencio volvió a la habitación, Gin sabría como arreglárselas sola.

Italia. 6 de febrero de 1953

Nadie había reclamado el manojo de llaves restante, Sor. Esteban era bastante olvidadiza, así que ni se molesto en mirar que había pasado aquella noche. Gin seguía resentida por haber sido utilizada aquella noche, así que Eli, aprovechó para enseñarla su nuevo descubrimiento.
Se dirigió a uno de los jardines y la cogió de la manga de su vestido, tirando de ella, tapándola la boca con la mano mientras intentaba gritar. Cuando consiguió apartarla lo suficiente, la soltó.

-Estás loca, ¿Qué demonios haces?- Gin fruncía el ceño cabreada- me voy…

-Espera- Eli la suplico- quiero enseñarte una cosa…

Gin suspiró y la siguió hasta una de las verjas apartadas del monasterio.

-¿Qué hacemos aquí?-

-Observa- Eli introdujo una de las llaves en el candado y abrió la puerta sin dificultad, dejando a la otra joven asombrada.

-¿Pero como has…?

-Te dije que no me tentases, además, soy capaz de todo.

Ambas sonrieron y escaparon corriendo por uno de los bosques que rodeaban esa cárcel.

Italia. 28 de febrero de 1953.

Tras varios días fuera, llegaron a una ciudad, cuyo nombre desconocían y conocieron a varios jóvenes.
Gin, quedó instantáneamente prendida de uno y tras varias copas en secreto con ellos, esta acabó entregándose al placer del muchacho.
Eli por su parte, disfrutó de los aromas que desprendían los comercios, las lujosas ropas que vestían algunos de los habitantes y el sonido de las olas chocando contra los acantilados que rodeaban el puerto.
Todo iba bien hasta que fueron encontradas y llevadas de vuelta al monasterio a la fuerza.

Las tardes eran cada vez más largas y Elisabeth dibujaba todos los días lo que añoraba del exterior; en cambio Gin, comenzó a aislarse y a veces, lloraba por las noches.

Nadie la preguntó hasta ese día en el que, tras varias semanas de preocupación, su amiga se acerco y la abrazó con dulzura.

-Gin, ¿Qué pasa?

Ella negó, pero al rato confesó con un hilo de voz tembloroso.

-El doctor me inspecciono hace varios días, desde que empecé a vomitar, dice que puedo estar embarazada.

Eli se quedó más blanca que de costumbre, y no dijo nada, simplemente la abrazó más fuerte como sinónimo de que todo iría bien, o eso esperaba.


































Italia. 19 de marzo de 1953.

-¡Mañana es tu cumple!-Ginebra se abalanzó sobre su amiga, sonriente y mucho mas guapa que de costumbre- ¿Cómo se siente mi casi quinceañera favorita?

-Bien- Elisabeth rió- ¿y la futura madre?

Gin la tapo la boca con la mano.
-Tss, hablamos de ti, no de mi… mira tu regalo.

Gin la acercó una cajita y se la dio con cuidado.

-Rebusqué en los archivos y lo encontré, pensé que te haría ilusión.

Al abrir la caja, el corazón de la muchacha se paralizó e inmediatamente cayó de rodillas al suelo sollozando, y con ella varias fotos anteriores a la guerra donde, de no haber sido por los malos medios sanitarios y la guerra, se encontraba la que seria su familia.













Italia. 20 de marzo de 1953.

Era una noche oscura y lluviosa, solo se escuchaba el ruido de los truenos, el ruido de la lluvia al caer y el sonido lejano de una lechuza. Por el camino de arena que subía al viejo monasterio avanzaba una figura. Iba cubierta con una capucha negra que impedía que se le viese el rostro, llevaba sandalias en los pies, que iban empapándose con los charcos, y en su mano, llevaba una cesta tapada con una manta de cuadros.
Cuando el personaje llamó al monasterio, empezaba a amanecer y las campanas de la iglesia sonaban.
Depositó la cesta en el suelo, llamó a la puerta y bajó corriendo de regreso por la colina.

Al poco rato, una monja adormilada, abrió la puerta, miró hacia todos los lados con cara sorprendida y, al ver lo que la cesta contenía un grito de horror inundó el valle.

Lo que a ella le pareció una aberración, a cierta joven la haría feliz. El viejo uniforme ensangrentado, varias cartas con el sello del ejército y un par de vestidos deshilachados que envolvían varias fotografía antiguas llevaban una etiqueta: Elisabeth Falcone Hollow.

En el instante que la joven pudo ver la cesta, dejó de llover, el sol iluminó todo el valle y, la primavera que hacia quince años lloraba la muerte de una flor, celebraba la llegada de una nueva mucho más hermosa.