jueves, 26 de enero de 2012

Trabajo concurso.


Sábado por la noche. La tenue pero vivaz luz de la luna hizo que la misma se coronase por momentos como la perla más brillante y lujosa de todo el cielo; suave, delicada y lujosa, dejando que su luz se filtrase descaradamente por la ventana de mi cuarto, creando sombras por toda la habitación.
Observé en silencio todo ese magnifico espectáculo de figuras imposibles e inexistentes que adornaban por momentos la instancia. Relacioné sus formas con lo ya visto, pues mi imaginación no estaba precisamente en sus mejores momentos.
 Llevaba varios días con la mente averiada, sobrecargada de recuerdos; los recuerdos que me hundían en un mar de lagrimas día a día; los recuerdos que me hacían encerrarme en mi pasado, de lo que, al parecer, no había conseguido escapar aun.
Mire mi reflejo en el espejo del fondo de la habitación, lo que vi fue un muchacho joven y delgaducho, pálido, en el que, si observabas bajo sus cabellos oscuros con atención, te darías cuenta que, tras sus grandes ojos azules grisáceos se ocultaban años de silencio, años de miedo y dolor, un niño perdido, un bastardo.
“Niño”, la verdad es que sigo sin saber si alguna vez lo fui. A veces uno debe crecer rápido a raíz de lo que ve o lo que le pasa y realmente nadie llega a ser realmente feliz del todo, eso me hacía relajarme y pensar que tal vez el no haber podido disfrutar de mis años de niñez no era tan malo. A veces es necesario engañarse a uno mismo para poder seguir adelante con los problemas aunque, a medida que pasa el tiempo, pesen más y más y acabes por deslizarte cuesta abajo con ellos.
Volví mi vista a las sombras, a veces se movían recelosas sobre la colcha de mi cama, incitándome a averiguar si ocultaban algo, y yo, como el niño curioso que siempre quise ser, me adentre en sus formas.
Las curvas que formaban me recordaron al cabello rizado de mamá, a las cortas tardes que pasábamos tumbados en el césped del jardín, contando historias y riendo como una familia. Emily y ella por aquel entonces desprendían alegría e inocencia, o al menos eso me parecía a mi.
Todo era una función, las risas, los juegos, la tranquilidad… realmente no supe nada de lo que pasaba hasta el 12 de mayo del 97, cuando papá llegó muy borracho a casa y comenzó a gritar a mamá. Me acuerdo que bajé de un salto de la cama y saque un poco la cabeza por la puerta de mi habitación.
Por aquel entonces yo tenía solo seis años y no entendí la mayoría de las palabras que usaba para nombrarla a ella y a lo que hacía.
Gritaba sin parar mientras ella intentaba tranquilizarle, diciéndole que parase, que estaba borracho y no nos despertase, suplicándole a punto de comenzar a sollozar. Entonces fue cuando ocurrió, cuando papá le propino ese tortazo que la tiró al suelo.
Mi corazón se paralizó a la vez que la casa parecía vibrar con el golpe. Comencé a llorar sin saber por qué y me quede quieto, asustado, tiritando y con los pantalones empapados; procurando no hacer ruido, creo que hasta deje de respirar, como si fuese un muñeco de porcelana colocado a la misma puerta.
Fue entonces cuando mi hermana salió corriendo de su habitación y se abalanzó sobre mi padre, intentando tirarle al suelo y pegarle; pero él le agarró de las muñecas con tanta fuerza que Emily empezó a chillar, pero sin cesar en su intento de herirle. Sus piernas intentaban acercarse a él con movimientos violentos e inútiles.
En ese momento mamá se levantó del suelo con el labio ensangrentado y rogándole que la soltase, que no lo pagase con ella, que no había hecho nada.
Pasaron varios segundos antes de que mi hermana fuese liberada y apartada a empujones de aquella escena en la que se avecinaba lo peor, porque tras minutos rellenados brutalmente con insultos y llanto, mamá intentó tirarle a la butaca para poder relajarse y yo, instintivamente salí corriendo al salón intentando separarles, sin tener efecto alguno.
Recuerdo…recuerdo como ella nos pedía que volviésemos a la habitación y que todo estaba bien, que no deberíamos estar ahí en esos momentos, eran cosas de mayores y nosotros no teníamos nada que ver en ellas; entonces Emily me cogió en brazos y me llevó de vuelta a la habitación, intentando calmarme. Me limpió las lágrimas y me cambió de ropa mientras tarareaba para censurar el ruido exterior.
Ella sabía muy bien que todo nuestro mundo se estaba derrumbando ante nuestros ojos esa misma noche y encendió la radio, se tumbó a mi lado en la cama y me acarició la mejilla tratando de hacerme dormir, pero yo no podía, yo…solo quería centrarme en esa canción, en su letra y melodía.
Un fuerte grito seguido de un gran golpe procedente del salón dio la entrada al estribillo. Mi hermana me abrazó fuerte, tanto que sus lagrimas comenzaron a atravesar las mangas de mi pijama y sentí frío a pesar de ser verano, entonces la puerta de la calle se cerró y, al finalizar la canción toda la casa se sumió en el silencio, la luna se ocultó bajo las nubes y todo el cielo se vistió de luto.

Recuerdo…recuerdo…nada, porque odio recordar.
Las sombras desaparecieron instantáneamente, quizás solo eran malos pensamientos pasados que han querido ocupar sin previo aviso mi cabeza solo por capricho.
Estaba llorando, pero no me avergonzaba por ello, tampoco estaba triste, solo que la inseguridad me invadió el cuerpo y la impotencia fue directa a mis ojos. Me estaba desahogando, como hacia cada noche desde hace ya quince años.
Puse el volumen de los altavoces al máximo y comencé a escuchar la canción que me tenía en pie siempre que oscurecía, pues tenía miedo a la soledad, a lo oscuro y a las emociones.
Nadie es realmente feliz, nadie…solo los niños pueden llegar a serlo, pues sonríen continuamente y nada les importa, la juventud debía ser preciosa, me encantaría haber podido experimentar su dulce sabor. Si el cielo existe, todos los residentes deberían rejuvenecer hasta desaprender todo y olvidar las preocupaciones.
Cogí el teléfono y marque temblando un numero, me llevé este mismo con dificultad hasta la boca y tras los molestos pitidos una dulce voz femenina contestó con dulzura pronunciando mi nombre.
-¿Alex? ¿Alex eres tú?
Me hubiese gustado responder que sí, que yo era ese tal Alex y haber entablado una conversación, pero de mi boca no salía nada, quizás las palabras se habían quedado atrapadas en el corazón y no querían salir por miedo a desgarrarle o quedar atrapadas en la garganta.
Colgué rápido y suspiré, me aparté el pelo de la cara y di varios pasos hasta alcanzar la ventana, mirando fijamente a la luna, hipnotizado con su hermosura.
El estribillo de la canción invadió la habitación –“forever young, i wanna be forever young”- sonreí, se podía decir que espontáneamente y me reí limpiando las lagrimas de mis mejillas.
Siempre joven, poco a poco me acercaba más a mi objetivo, el niño de mi interior me está dando pautas y yo estoy siendo obediente.
Volví a llamar.
-¿Alex? ¿Qué ha pasado?
Su voz sonaba preocupada, pero seguía siendo dulce y tranquilizadora.
-Emily…perdón, perdí la cobertura. Te hecho de menos, ¿podrías venir a verme?
Esperé nervioso la respuesta, llevábamos mucho sin hablar y no sabía como reaccionaría.
-¿Ir a verte? Por supuesto, ahora mismo. Hasta ahora, te quiero.
Volví a sonreír, esta vez de verdad, de felicidad.
¿Se puede ser realmente feliz a estas alturas? No lo sé. Estribillo de nuevo y esas palabras retumbando en mi cabeza…siempre joven, siempre joven… algún día podré permitírmelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario